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Tribuna



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Publicado el 25/01/2019

(Grita al mundo)

Nuestra actitud marca la diferencia

Hace unos días me han contado una historia que me ha hecho pensar mucho y lo copio a continuación:


“Una hija llega y le dice a su padre: -¡Papá, ya no aguanto más a la vecina! Quiero matarla, pero tengo miedo que me descubran. ¿Puedes ayudarme con eso? El padre le responde: -Claro que sí hija mía, pero hay una condición… Tendrás que hacer las paces con ella para que después nadie desconfíe que fuiste tú cuando ella muera. Tendrás que ser muy cuidadosa y comenzar a ser paciente con ella, ser gentil, agradecida, cariñosa, menos egoísta, retribuir siempre, escucharla más, incluso invitarla al café o al te… ¿Ves este polvito? Todos los días pondrás un poco en su bebida. Así ella morirá de a poco.


Pasados 30 días, la hija vuelve a decir al padre: -Ya no quiero que ella muera. La amo. ¿Y ahora? ¿Cómo hago para cortar el efecto del veneno? El padre entonces le responde: -No te preocupes Lo que te dí fue polvito de arroz. Ella no morirá, porque el veneno estaba en ti. Cuando alimentamos rencores, morimos de a poco.


Aprendamos a hacer las paces con quienes nos ofenden y nos lastiman.


Aprendamos a tratar a los demás como queremos ser tratados. Aprendamos a tener la iniciativa de amar, de dar, de donar, de servir, de regalar, y no solo querer ganar y ser servido.”


Puede parecer un texto un tanto simplón y pueril, pero encierra una gran verdad: las cosas son como son -¡cierto!- la realidad es la realidad, pero en todo lo que vivimos hay una grandísima dosis de subjetividad. Nuestra actitud ante la realidad que nos toca vivir y afrontar hace que esa realidad cambie notablemente.


Vuelvo a mi idea de siempre: la vida es como un rosal con rosas bellísimas y espinas punzantes. El rosal es así y hay que amarlo y disfrutarlo tal y como es. Intentemos poner nuestra atención en la belleza y el tacto de las rosas y en disfrutar su exquisita fragancia. No nos centremos en pensar únicamente en las espinas, que también están ahí, pero no son lo único, ni lo más importante. Y cuando nos asalte la idea de pisotear el rosal porque nos hemos pinchado y así acabamos para siempre con las espinas… pensemos que sufre mucho más quien las pisa -se las clavará hasta el fondo- que quien las acaricia suavemente.


Si vamos poco a poco aprendiendo a amar lo que nos punza en la vida, si vamos modificando nuestra actitud interior, iremos percibiendo de una manera absolutamente diferente eso que nos punza y nos hiere, y sufriremos mucho menos, y llegaremos a disfrutar de aquello que antes nos mortificaba y se nos hacía insoportable. Pero es necesario un cambio profundo de actitud por nuestra parte, una conversión del corazón, porque percibimos y vivimos la vida, y cada acontecimiento de la misma, desde dentro. Y la felicidad y la infelicidad -ya os lo dije hace tiempo- no viene de fuera, sino de nuestro interior, de cómo escojamos vivir.

Madre Olga María del Redentor, cscj


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