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Carta Semanal del Arzobispo de Oviedo




Publicado el 05/12/2019


La Tenderina, domicilio del buen Dios

Llovía a conciencia, como sabe hacerlo el cielo asturiano cuando se pone el chubasquero. Las entradas al nuevo templo parroquial estaban ya completamente obturadas, desbordando cada rincón de la iglesia en la que casi no cabía un alma. La cita había sido largamente soñada y se acariciaba el momento de reestrenar esa casa, en la que Dios vive en el popular barrio ovetense de La Tenderina.

La banda de gaitas se hizo notar con sus dulces sonidos poniendo preámbulo a la Santa Misa. Y comenzó la celebración eucarística en el primer domingo de adviento: cuando el pueblo cristiano reestrena un año nuevo poniendo letra de espera y esperanza en la música que de modo imborrable suena en el corazón. Porque en la parroquia de San Francisco Javier de La Tenderina no sólo se hablaba de la espera cristiana que suavemente nos embarga, sino de un cumplimiento, al poder bendecir ese nuevo templo, o mejor, esta parroquia renovada. Fue lo primero que yo me encontré al llegar a la Diócesis de Oviedo como Arzobispo, hace ahora 9 años: el hecho de que era necesario abordar una ampliación y una renovación del templo parroquial en San Francisco Javier de La Tenderina.

Han pasado todos estos años de empeño, de esfuerzo, de muchos sueños ilusionados, sin que hayan faltado algunos sobresaltos de fugaces pesadillas. Era hermoso ver cómo la ilusión y la tenacidad de una comunidad cristiana, de unos sacerdotes empeñados y comprometidos con ello, han hecho posible que sorteen las mil dificultades que entraña reabrir un templo ensanchando sus paredes, igual que los hebreos lo hacían con las tiendas que los protegían en las intemperies de su éxodo por el desierto. También en La Tenderina ha habido que ampliar los muros de la iglesia, porque está viva: qué alegría tener que ampliar porque ya no se cabe.

Venimos de tantas intemperies, y necesitamos el abrigo acogedor, el rincón familiar, el hogar verdadero en donde nuestra vida sea de veras acompañada y protegida. Y así, el evangelio nos enseña a mirar ese hermoso nuevo templo con la actitud auténticamente cristiana, como cuando aquellos primeros discípulos, Juan y Andrés, le dijeron a Jesús: “Maestro, ¿dónde vives?” (Jn 1, 35). Ellos fueron y Jesús les abrió su casa, y allí se quedaron. El encuentro de Jesús con aquellos dos discípulos no en el desierto de sus descampados, ni en la foresta impenetrable, ni en los mares de tormentas, sino en su casa encendida y abierta para siempre, en aquel hogar acogedor y entrañable.

Este es el significado de una iglesia parroquial: ser lugar de encuentro con Dios junto a los hermanos que Él nos da. Ahí le damos gloria al Señor con nuestras plegarias y cantos. Ahí Él nos proclama su Palabra y nos sostiene con sus sacramentos. Ahí venimos a honrar a María y a los santos como San Francisco Javier, ahí ellos nos bendicen con la discreción de quien, sin suplirnos en la vida, nos acompañan. Ahí ofrecemos la catequesis a nuestros pequeños y jóvenes, a nuestros adultos y ancianos, cada cual con su edad y sus preguntas y necesidades. Ahí recibimos con caridad cristiana a los que vienen con sus penurias precarias y sus heridas sangrantes. Ahí hacemos barrio, aportando diálogo, encuentro y construyendo puentes en lugar de levantar murallas, como nos recuerda el papa Francisco. Esta es la comunidad cristiana que tiene domicilio en medio de la trama de un rincón de nuestra bella y señorial ciudad de Oviedo, en esta Tenderina popular tan querida por todos nosotros. Es la historia de esa casa encendida, en la nueva instalación de los espacios parroquiales de La Tenderina. Es la historia que tiene lo original de nuestros nombres, la edad de nuestros años, la ilusión de nuestros sueños, las lágrimas de nuestros llantos y el canto de nuestras sonrisas.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobspo de Oviedo


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